Patryahara.
Cuando nos hallamos total y absolutamente absortos en nuestra presentación del āsana, sin olvidar ni la piel ni los sentidos –cuando los cinco órganos de acción y los cinco órganos de percepción son puestos en juego en su función y relación correctas– eso es pratyāhāra.
Normalmente pratyāhāra se traduce como retirada de los sentidos. Ello significa traer los sentidos desde la periferia de la piel hacia el núcleo del ser, el alma.
En el momento en que la mente se queda en silencio, el sí-mismo descansa en su morada y la mente se disuelve.
De modo similar, cuando los músculos y las articulaciones descansan en sus posiciones, el cuerpo, los sentidos y la mente pierden su identidad y la consciencia brilla en toda su pureza.
El pensamiento indio distingue cinco envolturas en el cuerpo: la anatómica, la fisiológica, la mental, la intelectual y la espiritual.
Distinguimos entre la mente, que recoge información, y la inteligencia, dotada de capacidad para discernir el bien del mal así como para razonar con claridad.
La mente recoge, reúne y acumula información, mas no posee capacidad de discernimiento.
El discernimiento se denomina pratyāhāra.
Pratyāhāra es el cultivo y educación de los sentidos de percepción. En muchos momentos de nuestra vida, la memoria reemplaza la inteligencia. La memoria pone en marcha la mente, y como la mente es puesta en marcha por la memoria, sólo optamos por las experiencias anteriores. La memoria teme perder su identidad, así que, antes de que la mente tenga oportunidad de recurrir a la inteligencia, la memoria se interpone y dice: «¡Actúa! ¡Ahora! ¡De inmediato!». Es lo que conocemos por impulso, el cual por lo general gobierna nuestras acciones. Muchas personas son impulsivas. La impulsividad significa actuar en seguida sin pensárselo.
Por ello pratyāhāra, el quinto miembro del yoga, nos ha sido dado. Hemos de asegurarnos de que la memoria responda de forma correcta. Los cinco órganos de percepción entran en contacto con todo aquello que se puede degustar, oír, tocar, ver y oler, enviando sus impresiones a la mente. A través de la mente, estas impresiones son almacenadas en el pozo de la memoria. La memoria tiene sed de nuevas experiencias, por lo que enciende a la mente, que esquiva a la inteligencia y estimula directamente los órganos de acción para que vayan en pos de dichas experiencias.
Uno sigue ansiando las impresiones pasadas, pero no logra satisfacción. Ello siembra la semilla de la infelicidad. Es aquí donde el quinto aspecto del yoga, pratyāhāra, hace su entrada como un verdadero aliado para rescatar a la persona infeliz, de modo que pueda hallar felicidad en el gozo del alma.
La mente, que hasta ahora había esquivado a la inteligencia, se aproxima a ella en busca de orientación. La inteligencia entonces, con su capacidad de discernimiento, sopesa lo correcto y lo incorrecto, orientando a la mente para que no dependa completamente de la memoria y sus impresiones. Este acto de ir contra la corriente de la memoria y la mente es pratyāhāra.
Con ayuda de la inteligencia, los sentidos emprenden un viaje interior, retornando a su punto de origen. Este proceso de sopesar los propios instintos, pensamientos y acciones es la práctica del renunciamiento (vairāgya). Pratyāhāra es el desapego respecto a los asuntos mundanos y el apego al alma. A partir de ese momento la energía es conservada y utilizada cuando es necesario, sin que exista un ansia de repeticiones.
La memoria experimenta impresiones nuevas y frescas; es sometida, y se subordina a la consciencia. Es esta última la que, guiando a la inteligencia (buddhi), la lleva a descansar en la fuente de la conciencia (dharmendriya).
La naturaleza impulsiva llega entonces a su fin, y la penetración intuitiva fluye libremente. Pratyāhāra significa no permitir que la memoria realice su jugada favorita. Hacemos que la memoria permanezca como inexistente, de forma que exista una conexión directa entre la mente y la inteligencia.
Una vez dominado esto, nos hallamos en posesión del yoga, el cual nos proporciona un nuevo conocimiento y una nueva comprensión de la vida.
Patañjali dice que, la memoria, habiendo alcanzado su madurez, pierde su existencia, y la mente, liberada de recuerdos pasados, se vuelve siempre alerta, renovada y sabia.
NAMASTÉ
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